Pasión

19 diciembre, 2017

Hoy es un día especial para mi viejo y toda nuestra familia. Después de 45 años haciendo de la cirugía su vida, José Pedro Perrier Fuentes opera a su último paciente. Deja su lugar de trabajo por excelencia, el quirófano.

Fue una decisión que le costó porque para él operar es como respirar. Parte de estar vivo. Pero es un hombre inteligente, los 70 llegaron y el cuerpo le reclama dejar de lado las jornadas que inician a las seis de la mañana, con horas de pie, trabajando con sus colegas para ayudar a sanar a cada paciente.

Fue una decisión que le costó porque desde los 7 años quiso ser médico. Era difícil creerle a mis abuelos cuando contaban que desde tan chico mostraba una inclinación así. Era difícil hasta conocer el interés desmesurado de mi hija menor por el cuerpo humano. Tiene 8 años y quiere ser “cirujana de cerebros y corazones” (va a estudiar poco), la cabecera de su cama luce una lámina del aparato circulatorio, atesora un modelo de corazón en una caja y taladra a su abuelo con preguntas que él siempre responde al detalle.

Fue una decisión que le costó porque no se puede dejar, así no más, una pasión como la que siente por la cirugía.

Una pasión que lo llevó a estudiar siempre un poco más para prepararse mejor, estar al día, diseñar nuevas formas de trabajar, conocer la última innovación.

Una pasión que lo empujó a traer un quiste hidático (qué cosa más asquerosa) en un frasco y plantarlo en el medio de la mesa, para explicarnos que cada vez que tocábamos un perro nos teníamos que lavar las manos para no enfermarnos.

Una pasión que nos llevó a celebrar alguna vez la Navidad y el Año Nuevo en un ínfimo cuarto de guardia, los ocho juntos, apelmazados y felices por vernos un ratito hasta las 12 en punto.

Una pasión que plagó nuestros álbumes familiares de las fotos más extravagantes y desagradables del mundo. Veías las fotos de tu cumple con una amiga y aparecía un tumor. Seguías con algo de cuando eras chiquita y se desplegaba una serie de vaya a saber qué, expuesto de diversas formas, planos y tomas. Continuabas con imágenes del verano y le seguían una exposición de heridas varias de la más diversa índole.

Una pasión que lo hizo pasar visita siempre temprano. Sábados, domingos, feriados, con lluvia, nubes o sol. Una cita ineludible con cada paciente y su familia. Cuando papá decía “¿quién me acompaña a pasar visita?”, nos escabullíamos como hormigas. Salíamos disparados porque eso implicaba un par de horitas de plantón, en la puerta de cada hospital o sanatorio, con un embole importante. En general lo acompañaba alguno o allá marchaba mi santa madre, compañera inigualable. Cuando íbamos nosotros casi siempre éramos dos, para no aburrirnos tanto. Ese rato de espera era campo fértil para pelear, charlar o embolarte en equipo. Papá aprovechaba el trayecto de un lugar a otro para conversar con nosotros, para contarnos algo, para compartir un ratito más en su semana cargada de guardias, policlínicas y operaciones.

Una pasión que lo llevó a mostrarnos unas fotos inolvidables de cómo quedó la lengua de un pobre hombre que se pasó el cuchillo para limpiarlo.

Una pasión que lo ayudó a ser un gran profesor. Un maestro innato. Dedicado, comprometido, exigente e inspirador. Inolvidables las despedidas de año con sus alumnos en casa. Era bastante común encontrarse con alguien a quien había “bochado” y una vez le tiré el viaje. “Viejo, me dijeron que hoy hiciste perder a un lote”. “Si no pasaron es porque no saben lo suficiente. Yo no hago perder a nadie. Te van a operar a ti, a tus hermanos, a tus hijos, así que es mejor que aprendan y estudien”. Obvio que me llamé a silencio porque sabía que a ningún alumno le exigía tanto como a sí mismo.

La pasión por la cirugía lo llevó a visitar a una paciente en su domicilio un domingo al alba. Ni sé qué hacía yo despierta, pero me tocó acompañarlo antes de irnos al partido de Urunday, donde jugaba como golero. Me parecía un exceso. Pasar visita a los internados está bien. Eso de ir a la casa de la doña era un poquito exagerado, pero cuando conocí a la señora todo cerró. Una mujer muy mayor, que vivía en un apartamento sencillísimo, plagado de plantas que eran su mayor riqueza. Una mujer sola, muy sola, a la que el viejo pasó a saludar, a dejar en paz. “Usted ya anda lo más bien. Haga vida normal. Cuide tranquila a sus plantas. Ya está recuperada”. Y marché del lugar con un millón de cosas emocionantes que la paciente le dijo a papá, con un helecho inmenso que llevamos entre los dos, la planta más grande y linda de la casa. “Es mi mejor helecho. Se la doy para que cuando la vea se acuerde de lo agradecida que estoy”. Yo ligue un jabón con forma de pelota de tenis que me dio con el mismo objetivo, para que “te acuerdes del padre bueno que tenés”.

La pasión por la cirugía también lo llevó a operar a una señora que seguro llegaba a los 200 kilos y que conocí en emergencia. Nos encontramos en plena crisis asmática, prendidas del nebulizador, recostadas cada una en un sillón. Cuando ella escuchó mi apellido largó todo y preguntó: “¿Sos algo del Dr. Perrier?”. Yo, sin sacarme el aparato de la boca: “Sí, la hija”. Y ella siguió: “Tu padre me salvó la vida. Nadie me quería operar porque soy gorda, diabética, asmática. Nadie me quería operar y tu padre se animó”. Yo sonreía, orgullosa y admirada, haciéndole gestos a la compañera de asma para que dejara la charla y se prendiera al nebulizador, pero su agradecimiento era tal que no paraba de hablar.

La pasión por la cirugía reforzó su fe. Jamás nos dio un nombre. Nunca me enteré por él de que estuviese tratando a ningún conocido, pero muchas veces llegó devastado a casa con un solo pedido: “Recen”. Recuerdo muy especialmente un día que llegó abatido. Hacía poco había operado al padre de tres chicos que tenían más o menos nuestra edad en ese momento. El mayor, 17 años. Mientras el padre se recuperaba, diagnosticaron a la mamá de los chicos con una enfermedad terminal. Tenían poca familia y a papá le tocó dar las malas noticias a los chiquilines. Volvió como si le hubiesen dado una paliza y nos contó: “No había nada para hacer. Tendría que haber dejado todo como estaba. Cerrar y nada más. Pero hice todo lo que no hay que hacer, porque no podía mirar a los hijos a los ojos y decirles que no hice nada. Así que le pedí a Dios que me iluminara, recé e hice lo que pude”.

La pasión por la cirugía lo hizo más paciente. Es sorprendente la capacidad de calentarse en un instante que tiene mi viejo. Pasa de 0 a 100 en tres segundos y por las razones más increíbles del planeta (puede haber tenido que ver que éramos seis hermanos, seguidísimos, y la casa vivía repleta de primos y amigos). Pero creo que eso se debe a que toda su paciencia la utiliza en la consulta, con sus pacientes y las familias. Una vez lo esperaba afuera de la policlínica donde él conversaba con un señor, evidentemente con poca audición. El señor le preguntó seis veces lo mismo. SEIS veces lo mismo. El Dr. Perrier con una paciencia desconocida le contestó lo mismo las seis veces, de diferente forma.

La pasión por la cirugía lo hizo más decidido. Jamás dudó en volver de donde estuviera para ver a un paciente que había operado antes y por algo se había complicado. Sus compañeros podían decirle que se quedara tranquilo, que ellos lo manejaban, pero si era su paciente papá dejaba lo que estuviera haciendo, recorría los kilómetros necesarios para ver, reoperar o acompañarlo.

La pasión por la cirugía lo hizo más humano. Una vez me crucé con un muchacho joven que escuchó mi apellido y me preguntó si era algo del doctor. Cuando le dije que era mi padre y arrancó el cuento se me paró el corazón: “Tu padre operó al mío. Mi viejo se murió, pero no pudo haber estado en mejores manos. Le estamos infinitamente agradecidos”. El “infinitamente” me impactó mucho. Ser testigos de cómo lo saludan los pacientes es una bendición, pero ver cómo lo saludan y le agradecen las familias de los que ya no están es un regalo del cielo.

Intentamos pensar algo distinto para hacer hoy porque es un día especial para papá y para todos nosotros. Pero ir a la salida del quirófano, siendo 30 personas su familia más cercana (esposa, hijos y nietos) no parecía muy prudente. Mandar algún cartel o video para pasarle adentro del quirófano, imposible. Caerle en banda a la sala de espera, peor aún. Pensamos también en llegar de sorpresa de noche, pero organizó una reunión chiquita, silenciosa, íntima con sus compañeros, con su equipo, al que tanto quiere, admira, en quienes confía siempre. Nos quedamos sin ideas.

Papá cultivó la pasión por la cirugía con estudio, tesón, práctica y muchísimo esfuerzo. Verlo vivir la cirugía con tanta pasión nos deja un ejemplo implacable de trabajo, amor por el prójimo y espíritu de superación. Un ejemplo que nos guía y alimenta nuestras ganas de salir de la zona de confort, de animarnos a cosas nuevas, a encontrar en nuestros trabajos una forma de darnos a los demás.

Después de 45 años haciendo de la cirugía su vida, un doctor de semblante serio, sonrisa esquiva y carácter firme, opera a su último paciente. Empieza otra etapa de su vida, con más tiempo para disfrutar de la familia, más “clases de cuerpo humano” para su nieta, más descanso para su cuerpo y seguro infinitas actividades inimaginables.

Hoy es un día especial para mi viejo y todos nosotros. Gota es una empresa familiar que fundamos tres hermanos hace casi 17 años. Desde aquí agradecemos y celebramos su ejemplo, que nos impulsa a vivir nuestra profesión con pasión.

Pilar Perrier