Rema

29 marzo, 2021

El cielo amenaza con temporal. El momento es puro placer si no fuera por un barco que está lejos de la costa, en pleno río, frente al faro de Punta Colorada. El gris apaga la luz del día. Se me anuda el estómago de pensar en los que están ahí, con todo ese caos desatado por donde miren, en una oscuridad que los borra.

Hay otras embarcaciones en el agua que en pocos kilómetros se encuentra con el océano, que más allá se funde con otros mares y ríos del mundo, que unen a toda la humanidad en esta tempestad inhóspita que nos cae en distinto tiempo.

Me siento en ese barco que vi hace más de una década cercado por una tormenta insufrible. Están conmigo los que quiero, los que conozco y millones que jamás crucé. Hace un año y poquito que transitamos como podemos lo que nos toca, con el corazón estrujado por cada una de las mil malarias que trae todo esto consigo.

Ahora llueve duro, el viento nos tortura, las olas del principio no son nada comparadas a estas gigantes desgraciadas que nos desacomodan más que nunca. Sabemos qué tenemos que hacer, pero algo nos pasa que no podemos reaccionar.

Nos agobian los gritos de los que aman escucharse a sí mismos. Culpan de todos los males al que lleva el timón ahora, al que lo llevaba antes. Gente triste que no entiende que fuimos nosotros mismos los que elegimos a unos y otros, y que si quieren aportar algo no necesitan luces psicodélicas ni altavoces. No es momento de circo. Bastante tenemos con los truenos y relámpagos.

Nos desconciertan los que afirman que estos son efectos especiales de una película de guion maquiavélico. Un grupete que se mira el ombligo, admirado, mientras sus integrantes caen al agua, rechazan el salvavidas y cuando lo piden ya no podemos alcanzarlos. No hay control remoto, no está el cuadradito de parar, pero ellos miran el film que crearon en sus cabezas haciendo ruido mientras comen pop.

Nos derrumba la moral que cuando uno se moja porque se le corre el impermeable o está demasiado cerca de un pasajero empapado, otros salten acusándolo sin piedad. Lo señalan con dedo inquisidor porque necesitan un culpable, alguien en quien descargar la ira, como si todos fuésemos expertos en tormentas o tomáramos las mejores decisiones todo el tiempo, cada día de nuestras vidas. Se olvidan de que nadie elige mojarse.

Se nos desploma el espíritu cuando tripulantes alegres que hicieron de nuestra zona del barco un mejor lugar, los que se quemaron las pestañas y dedicaron su vida a cuidarnos, los que nos entretuvieron y sacaron un ratito de la vida real, se caen al agua y no pueden rescatarlos. Los más de 900 anónimos o conocidos que no pudieron seguir en el barco, que lucharon hasta el final en el medio de esta imposible marea que nos robó hasta el momento de estar junto a ellos en el final, de poder despedirlos como merecen.

Miramos impávidos a los que están en la borda, intentando que nadie más caiga al mar, haciendo lo indecible para que se queden con nosotros. Lanzando salvavidas, jugándose la piel, sacando gente del agua una y otra vez. Al borde, agotados, con la posibilidad de caerse en cada instante, haciendo frente a lo que viene, con el cuerpo y el alma extenuados. Sabemos que ya no les dan las manos, ni el tiempo, ni la fuerza, que debemos parar de movernos para mojarnos menos, quedarnos quietos porque sin querer podemos empujar a alguien y que el mar lo trague.

Minimizamos lo que desde hace semanas nos vienen diciendo los que estudian corrientes, vientos y mares. Los que saben cómo se comporta este infierno del que solo somos capaces de ver lo que está en la superficie. Sentimos que es para otros, que no es para tanto, que me puedo mover un poquito para acá o allá, total es solo un poco, es solo por un ratito, es nada más por unos días. Ignoramos el conocimiento acumulado y nos hacemos los distraídos convencidos de que no somos pasajeros tan importantes.

La tristeza nos gana cuando algunos rechazan el salvavidas. Dicen que se alimentan tan bien que su sistema inmune es impermeable, que se bañan con agua fría y que pueden lidiar con la bravura, que toman antídotos o se van a lugares con pocos pasajeros para estar a salvo. No sé cómo explicarles que el asma me tiró en corrientes peligrosas que ellos pueden evitar. Me aniquila pensar que por no tener salvavidas algún día tengan que luchar para mantenerse a flote. Es una batalla extenuante. Pone a prueba todo tu ser. Mantener la calma, tolerar la infamia del aire que se te escapa. Concentrarte y luchar solo para respirar.

¡Estamos tan cerca de salir de la tormenta! Más de medio millón ya tienen un salvavidas que los mantendrá más seguros. Otros miles van a recibirlo mañana y así hasta que todos los que queramos podamos ponernos el nuestro. Qué linda es la sensación de saber que alguien que querés ya lo tiene. No importa si aún no te dieron fecha para recibir el tuyo, cada uno, querido o desconocido, nos ayuda a estar más protegidos que ayer, a redoblar la esperanza.

De a ratos nos miramos unos a otros, agotados y confundidos, sin poder darnos cuenta de que ahora nos toca remar como nunca, cada uno con lo que tenga.

Remá, ignorá los gritos inoportunos de la tripulación de cualquier color que nos distraiga del único objetivo, salir de la tormenta con la mayor cantidad de pasajeros a bordo.

Remá, aunque el ruido del pop de los que miran la peli te llame la atención, hace foco en lo real que es lo único que nos ocupa.

Remá, si estás enfermo andá despacito, pero seguí remando. No estás solo. Para lo que necesites estamos acá. Somos un pueblo rezando cada uno a su dios, mandando buena vibra, haciendo fuerza para que todo pase pronto. Remá que acá te estamos esperando para seguir el viaje juntos.

Remá, respetá el honor de las vidas que se perdieron y acompañá el dolor de cada familia partida.

Remá, no le agregues trabajo a los luchan para doblegar a este enemigo que se cree invencible. Hacé lo tuyo para no sobrecargar más a los miles de anónimos que ayudaron a recuperar a más de 170.000 personas que estuvieron enfermas.

Remá, movete poco, mantené tu burbuja, lavate las manos, guardá distancia, usá tapabocas, hacete cargo de la parte que te toca.

Remá, vacunate con confianza, ayudá a los que conozcas a agendarse, esperá con paciencia tu día, tu hora, animá a indecisos a protegerse a sí mismos.

Remá, respirá hondo, tomá aire, despejá tu mente, recobrá las fuerzas. Acercate al que está pasando mal, escuchá, alentá, sostené, empatizá, doná, trabajá, reí. Mantenete cerca de los que querés, ponete más creativo que nunca para que nadie se sienta solo y le encuentre la vuelta a lo que sea. Ayudá al otro a pasar esta parte tan dura de la tormenta.

Nos imagino en el barco, con el mar enardecido, entonando a Drexler:
“Yo muy serio voy remando
muy adentro sonrío
creo que he visto una luz
al otro lado del río”

Pilar Perrier, 29 de marzo de 2021